Breve historia del balneario
 

Eran ya las tardes almibaradas, los crepúsculos llenos de murciélagos, las noches con el flexo abierto sobre los apuntes de Derecho, la tentación de la piscina de Las Arenas en la playa, las excursiones al monte Garbí con las universitarias de Acción Católica que llevaban muslitos de pollo envueltos en papel de plata y faldas de flores y sus pantorrillas arañadas por las aliagas y el espliego. Yo no creía en Dios, pero lo necesitaba todavía. Desde la terraza de la residencia, próximo ya el verano, durante los exámenes se veían fuegos artificiales de noche en los pueblos de la huerta. Sonaban los grillos. Tumbados boca arriba cantábamos a dúo: sola, sola se queda Fonseca y también soto il ponte, soto il ponte di Rialto y yo tocaba con la armónica otras canciones de enamorados que me inflamaban los labios y el corazón bajo las estrellas empastadas.
En la Glorieta cogía el tranvía azul y amarillo con jardinera que iba a la Malvarrosa. Primero seguía junto al pretil del río, después enfilaba la avenida del puerto. Me apeaba en la parada frente al merendero de la Marcelina, al lado del establecimiento de ha-ños Las Arenas que tenía forma de Partenón de escayola pintado de azulete. Allí había una piscina en forma de ele con un gran solario para hombres y mujeres separado por una tapia. En el trampolín de tres niveles se establecía una competición de musculaturas y posturitas de jóvenes con el bañador de cordoncillo y las chicas que llevaban traje de ha-ño con hombreras miraban la exhibición bajo aquella luz de la Malvarrosa que estallaba en la vertical de todos los cráneos. Allí celebré las bodas con mi inocencia, según Camus. Los primeros días de ejercicios en el solario me abrasaba la piel y de noche mientras preparaba los exámenes se me ponía la espalda en carne viva. De madrugada bajaba al comedor y me llevaba a la habitación la aceitera y con ella me embadurnaba con aceite de oliva todo el cuerpo a modo de bálsamo de urgencia y untado de esta forma como un griego leía un librito de tapas rojas, Verano, de Camus, donde estaba mi nueva profesión de fe, que era Nupcias en Tipasa. Por primera vez tenía la percepción del libertinaje de la naturaleza que era todo el mar extendido al pie del trampolín.
Una y otra vez las zambullidas en el agua desde lo más alto esperando los ojos de alguna muchacha que te mirara para lanzarte lleno de dicha al espacio. También podía ser ése el mito de Sísifo. Uno se convertía en la piedra de sí mismo. Subías tu propio cuerpo adorado hasta el tercer nivel del trampolín, veías el horizonte del mar y el Partenón pintado de azul a tu lado, reclamabas la mirada de alguna mujer abajo, te sentías poseído por la plenitud de los sentidos y en el punto en que creías haber alcanzado la perfección respirabas profundamente y en ese instante la gloria te derrumbaba al fondo de la piscina y al salir a la superficie del agua aquella mujer estaba mirando hacia otra parte ajena a tu esfuerzo y un nuevo cuerpo más esplendoroso que el tuyo te sustituía en lo alto del trampolín. Había que subir cargado de ti mismo para repetir la hazaña, el mito. Después de infinitas ascensiones y caídas ya sabias que en medio de la libertad del mar estabas condenado y a pesar de eso tenias la obligación de ser dichoso.
Desde lo alto del trampolín de la piscina de Las Arenas se veía la playa de la Malvarrosa. Allí alguna vez se realizaba otro rito clásico y yo lo contemplaba antes de zambullirme en el agua. Al principio del verano, de pronto, llegaba a la playa una formación de soldados que se desplegaba en la arena ahuyentando a los bañistas hasta crear un cerco deshabitado que alcanzaba también las barracas de los pescadores. Cuando el horizonte había sido limpiado entraban unos zapadores y plantaban en medio del arenal una caseta de baño con suelo de madera, cortinas y ventanillas laterales de ventilación. Extendían unos pasillos de listones desde la caseta a una mesa con sombrilla rodeada de sillones de lona y otro pasillo con alfombra hasta el mar En la playa desierta sonaba un golpe de cornetín. El capitán general de Valencia Ríos Capapé se apeaba de un coche oficial y con la vara de mando azotándose las polainas llegaba a través de la arena hasta el campamento recién instalado. Le acompañaban unas señoritas cuyas carcajadas llegaban muy lejos y otros soldados traían grandes cestas con viandas y refrescos que eran servidos por dos ordenanzas con chaquetilla blanca abrochada hasta la nuez y el ir y venir de bandejas con todos los reflejos de la cristalería se veía desde lo alto del trampolín. Con la bayoneta calada y firme bajo el sol vertical de Valencia un batallón formaba la guardia mientras el capitán general se bañaba en la Malvarrosa acompañado de bellas mujeres y después aparecía por el horizonte una paella portada en andas a lo largo del arenal desde un barracón de pescadores. A media tarde se vestía, los soldados recogían la parada, el capitán general se volvía con las señoritas en el coche oficial y una camioneta del ejército le seguía llevando los trastos.
Desde el trampolín de la piscina también se veía el merendero de la Marcelina den vro del sonido del mar que arrastraba en la re-saca todo el perfume de arroces, calamares y mejillones que los bañistas desnudos comían de forma pegajosa y un aire de acordeón llegaba desde la sombra de los cañizos donde se celebraba alguna boda o una comunión. Sonaba el pasodoble Valencia que muchos cantaban a coro junto con la maraña de gritos de los niños que se bañaban. Estas sensaciones diluían las amenazas morales que aún subsistían en mi cerebro a pesar de la sal.
Mi primera obligación es respirar, llamar a cada cosa por su nombre sin juzgar nada y ser feliz, pensaba yo mientras subía una y otra vez al trampolín de Las Arenas. Tal vez el trayecto del tranvía de la Malvarrosa era el camino de Marisa, pero allí en la piscina había algo más que la inocencia de los cuerpos. De noche todo el sol acumulado en estos primeros días de verano me ponía en carne viva y yo tenía que embadurnarme en aceite para poder conciliar el sueño. Dormía con un tema de derecho penal en el subsconsciente, con el sonido de las canciones de acordeón que salían de los merenderos, con las invisibles muchachas que miraban hacia otra parte cuando yo saltaba del trampolín. También tenía en el fondo del cerebro la omnipotencia del capitán general de Valencia que transgredía todos los límites de la dicha sin conocer la culpa.

                                                                                Manuel Vicent, Tranvía a la Malvarrosa

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